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23 de abril de 2017

Virgen de las Cruces

Mayordomos

La Velá

La Ermita

VIRGEN DE LAS CRUCES

La Virgen de las Cruces es sencillamente la patrona de Don Benito.

A siete kilómetros de este pueblo extremeño, en dirección al sol, cuando está a la mitad de su carrera; entre el río Ortigas y la sierra del mismo nombre, como recostada graciosamente al iniciar la subida de su ladera, antes de que el último recodo de la carretera pierda de su vista al pueblo; está el pequeño santuario, y una Virgen con relicario en sus manos y tres cruces (por ello se llama la Virgen de las Cruces), que es (como lo es una Madre), la joya más preciada, más querida y más invocada por todos sus hijos de Don Benito, y comarca.

Ella y su ermita van a ser el tema central de este trabajo.

Pero antes de escribir sobre la Virgen de las Cruces es necesario remontarnos en poco más en la historia de nuestro pueblo y descubrir cómo ya en sus propios orígenes Don Benito fue un pueblo, que en sus raíces llevó siempre muy dentro su devoción mariana.

Si, la Virgen de las Cruces llena hoy de cariño y entusiasmo los corazones de los hijos de Don Benito, ese movimiento religioso tiene su origen en el primer cuarto del siglo XIX; tiempo en el que los avatares por las que pasó el pueblo, como una necesidad imperiosa, hizo poner sus ojos en la Virgen de las Cruces.

Los puntos de referencia de su piedad mariana habían desaparecido, como tantas y tantas cosas, que se llevó por delante aquella época de tristes recuerdos, la guerra de la Independencia de 1808 al 1814. El paso y la permanencia en nuestra tierra de los ejércitos franceses, marcó en grado importante la vida religiosa y moral. Pero siempre, y es bueno recordarlo, se tuvo en esta tierra muy fuerte y viva la devoción a la Virgen María, bendita Madre de Jesús, Madre nuestra, como la Santa Iglesia nos ha enseñado.

Es por ello razonable recorrer los "pasos" primeros de esa devoción en los variados nombres y advocaciones, con las que se ha invocado y rezado a la Virgen en Don Benito.

Las advocaciones pasadas miradlas como pasadas; pero tenedlas en el recuerdo con el respeto, veneración y cariño que tenemos a nuestros mayores. Ellos, sus hechos, sus familias, su religión y sus costumbres hacen la Historia de nuestro pueblo.

Yo, por mi parte, os iré contando lo poco que sé sobre la devoción de Don Benito a la Virgen Santa, en sus variados nombres y épocas; vosotros podéis ir añadiendo más datos a los pocos míos; hasta llegar a esta Virgen de las Cruces, que nos ha robado el corazón a todos sus hijos. Y así, con ayuda de todos, "completaremos" algo, que nos hace falta, "Nuestra Historia".

Soñemos con que nuestros sueños de hoy se hagan realidad en un próximo mañana.

LA VIRGEN DE LAS CRUCES - NUEVA PATRONA

Terminada la guerra contra los franceses, pasaron algunos años rehaciéndose/ y reparando tanta desolación como los ejércitos franceses dejaron a su paso.

Ya en el año 1815 vino un delegado del obispado de Plasencia; intentando poner en orden las cosas más urgentes de la parroquia de Santiago de Don Benito.

En 1817 se plantearon los problemas de las cofradías y ermitas y hospitales; unas estaban destrozadas como la Virgen de la Piedad y Santiago; se formaron comisiones con el encargo de intentar su reconstrucción. Otras no destruidas, pero maltratadas; se nombraron también responsables para reparar los desperfectos y ponerlas en funcionamiento.

A este último grupo perteneció la ermita de las Cruces, que tras una buena limpieza y necesarias reparaciones en el 1817 fue nombrado mayordomo de la Virgen de las Cruces, D. Juan Sólo de Zaldívar. Comenzó el 2° libro de la Cofradía, (el primero había desaparecido).

Parece feliz coincidencia que en los mayordomos de las Cruces, posteriores a la desoladora guerra, comienzan siendo apellidos ilustres de este pueblo; como si ya se presintiera, el papel importante que esperaba a esta sencilla ermita en la vida de Don Benito.

D. Juan Sólo de Zaldívar y Fernández Cañedo estuvo once años en la mayordomía de la Virgen de las Cruces; fue precisamente en estos años, cuando la comisión encargada de reconstruir la ermita de la Piedad se declaró impotente para hacerlo y el pueblo fue poniendo cada vez más los ojos en la Virgen de las Cruces como su nueva Patrona.

La comisión nombrada por el Ayuntamiento en el año para levantar las ermitas de la Virgen de la Piedad y San Gregorio, presidida el antiguo guardia de Corpus; D. Tomás Reinoso fracasó, pero no por falta de trabajo y de entusiasmo, que lo tenía; fueron las circunstancias; se presentaron tan adversas, que les hizo imposible su cometido.

Veamos alguna:

Prácticamente desde el 1809 (unos diez años) el pueblo había perdido a su patrona, y lo miraba como una desgracia más de las que había caído sobre el pueblo; su ermita convertida en ruinas, poco a poco se enfriaba la antigua devoción.

El mismo clero nativo, ya menos numeroso, se había refugiado ya en la parroquia de Santiago, que empezaba a resurgir, y a la sombra del hospital de San Andrés, que aún con muchas dificultades, sobrevivía a la pasada guerra; La nueva capilla con su pintada Virgen de Guadalupe, estaba en momentos de fervor popular, y contribuyen con sus actos de culto, haciendo olvidar un poco más en su esplendor de tiempos pasados a la Piedad.

Al pueblo, esquilmado por los nuevos impuestos de los gobiernos de Madrid, no le daban respiro para reponerse de las calamidades pasadas. Y por fin la Iglesia, que acosada brutalmente en estos años por las leyes desamortizadoras, se veía con dificultades para subsistir.

Estas circunstancias, sufridas muy vivamente en esta tierra entre los años 1820 al 1835, hundieron económica y moralmente el espíritu cristiano del pueblo; y, como providencialmente, se abría una luz de esperanza en lo que les quedaba: la Virgen de las Cruces.

No fue un capricho, sino una necesidad imperante la que movió al pueblo a este cambio de patrona.

Los cuidados y atenciones que dedicó el nuevo mayordomo D. Juan Sólo de Zaldivar a la ermita y a la Virgen de las Cruces, y su entusiasmo fervoroso, contribuyó en gran modo a que los hijos de Don Benito encontraran acogedor aquel lugar, y aquella nueva patrona.

D. Juan Hidalgo Chacón sustituye en el año 1828 a D. Juan Sólo de Zaldívar, hombre que hacía honor a sus conocidos e ilustres apellidos; pero murió muy pronto, dos años cortos fue mayordomo, apenas si tuvo tiempo de hacer algo notable.

D. Diego de Quirós y Carmena se hace cargo de la mayordomía en el año 1830; también de nobles familias del lugar; es corto su tiempo de mayordomo, 5 años; no dispongo de muchos datos suyos.

D. Juan Torres-Isunza y Sánchez-Fajares, nombrado mayordomo en 1836; malos momentos vivía la Iglesia Española. Eran los años de la Desamortización. Con este señor entra la mayordomía de las Cruces en una de las familias que había de tenerla por más de medio siglo, y han quedado en la historia de Don Benito como unos insignes protectores de la "Virgen de las Cruces"; y de la parroquia y del pueblo en general y de los pobres.

D. Juan Torres-Isunza y Sánchez-Pajares, casado con Doña María Jesús Alguacil-Carrasco y Muñoz. Son los padres de Doña Consuelo Torres-Isunza y Alguacil-Carrasco/ de la que Don Benito tiene agradecida y viva memoria por muchos motivos.

D. Juan Torres-Isunza administró la mayordomía de las Cruces con gran actividad y generosa mano durante quince años; le proporcionó los terrenos que, como ejidos, tiene la ermita hoy día; potenció mucho las romerías a la ermita, principalmente la de Pascua y sobre todo la de el 12 de octubre. Colocó a dos familias para que cada semana cuidara una del servicio y la atención de la Virgen y su ermita, proporcionándoles allí una casita para vivir; recibieron el nombre de Santeros.

Cedió la mayormía de la Virgen de las Cruces como favor especial a su hermano, D. Pedro Torres-Isunza y Sánchez-Pajares, recibió en 1850 la mayordomía de las Cruces, por un problema personal que merece la pena publicar. Una enfermedad grave puso en peligro la vida de D. Pedro. En Madrid se decidieron a operarle, en este trance el enfermo ofreció ser mayordomo de por vida de las Cruces, si salía bien de la operación; como la operación fue un éxito, cumplió su promesa y su hermano D. Juan le cedió la mayordomía.

Trabajó mucho y bien por las Cruces; a él se debe el que los linderos de la finca vecina formarán con el ayuntamiento una especie de compromiso, para que los romeros el día de la fiesta tuvieran terreno para su solaz y descanso; si bien Don Pedro inició esa idea, tuvo refrendo en el ayuntamiento en la sesión 23 de noviembre de 1869; ya resultaba pequeño el ejido de la ermita. También las arcadas y artesanado de la puerta de la entrada se deben a este piadoso y agradecido mayordomo. Están tan bien hechas y tan airosas, que aún merecen conservarlas con cariño y con respeto.

Muere este buen mayordomo el año 1871 y su hermano D. Juan se hace nuevamente cargo de la mayordomía de la Virgen.

Al año siguiente muere también D. Juan (1872), y toma a su cargo la mayordomía D. Antonio Cabezas de Manzanedo y Paredes, casado con Doña Consuelo Torre-Isunza hija del finado. En todo esto se puede ver la mano oculta pero influyente de ésta mujer extraordinariamente generosa, con su Virgen, con su Iglesia, con su pueblo, con sus pobres.

D. Antonio Cabezas de Manzanedo y Paredes, estuvo al frente la mayordo-mía desde el año 1873 al 1885. Con fidelidad y buen acierto desempeñó su cargo; ya anciano y abrumado por los muchos problemas que vinieron sobre él a la muerte de su esposa, se vio forzado a desprenderse de todos los cargos sociales y benéficos; y dedicarse a sus asuntos personales.

En el año 1885 entra un hombre ponderadísimo en Don Benito y uno de los más prestigiosos y eficaces mayordomos que tuvo la mayordomía de las Cruces. D. Pedro León Donoso-Cortés y Donoso-Cortés. Pertenecía a las familias de élite de Don Benito, y, como tal, cumplió durante los treinta años; que tuvo en sus manos la ya prestigiosa mayordomía de Na. Sra. de las Cruces.

Durante su gestión, se realizó la más importante obra de final de siglo en la ermita. Se agrandó haciendo toda la parte del presbiterio y camarín y sacristía nueva; se levantó en proporción todo el cuerpo de la antigua ermita a fin de que formara conjunto armónico. Se separó con una esbelta y firme reja, protegiendo el presbiterio del cuerpo de la ermita, dándole la configuración que hoy tiene.

Se hizo también un salón espacioso para las recepciones oficiales y necesarias para los días en que las autoridades honraban con su presencia los actos religiosos; este salón estaba junto a la ermita y junto a las primeras casas de los santeros, hoy sustituido por otro y casas más en consonancia con las circunstancias actuales.

Murió en el 1914, y sus herederos rindieron cuentas e inventario al nuevo mayordomo.

D. Francisco Sólo de Zaldivar y Fernández-Ruitiña, otro honorable varón de este pueblo; Tuvo el cargo hasta el 1924; fecha de su muerte.

Es de notar que en esta última época, los mayordomos de las Cruces cogían el cargo como vitalicio, a tan alta estima había llegado el cargo de mayordomo de las Cruces a D. Francisco Solo de Zaldivar, sucedió en la mayordomía uno de los hombres más ilustres en aquellos momentos en la ciudad, D. Pedro Granda y Calderón de Robles, que era a la sazón alcalde de la ciudad. Muy pronto murió aquél gran dombenitense sin que tuviera tiempo

de hacer algo importante desde su cargo; pero hay un detalle que demuestra como, con santo orgullo, se sentía contento de su cargo de mayordomo. En su esquela mortuoria, inmediatamente de exponer el título de alcalde, pone el de mayordomo de la Virgen de las Cruces.

A D. Pedro, le sustituye su hermano D. Enrique Granda y Calderón de Robles, año 1927. Tiempos difíciles tocará vivir a este mayordomo en el desempeño de su cargo; Como recuerdo quedó un vestido de la Virgen que él regaló, muy bueno y muy bien bordado. Es el más hermoso y rico de los que tiene la Virgen.

D. Miguel Granda y Torres-Cabrera (Conde de Campos de Orellana, toma a su cargo la mayordomía de las Cruces pasados los años tristes de la guerra, año 1945. Largo y difícil trabajo esperaba al nuevo mayordomo: Restauración completa de la ermita. Nueva imagen sagrada de la Virgen, corona, vestidos, y-ropas-necesarias,, manteles,, libros,, cálices y enseres necesarios; para el culto; nuevas andas. En el exterior; determinar con precisión los límites del terreno que pertenece a la ermita; hacer y legalizar debidamente escrituras de propiedad. Formular estatutos por los que se ha de regir la cofradía y mayordomía de las Cruces, con la aprobación del obispado de Plasencia (añol952). Posteriormente construir dos nuevas viviendas para los santeros, en conformidad

con las normas de las nuevas leyes. Levantar un grande y hermoso salón para los servicios y atenciones de la ermita; destruyendo el antiguo salón y las viejas casas de los citados santeros. Hizo también las andas grandes, talladas y y doradas, de la Virgen, una verdadera obra de arte. Una grave enfermedad le obligó a resignar el cargo; Después de haber realizado lo anteriormente expuesto.

Le reemplaza en el cargo de mayordomo D. José María Olivenza Estrada, año 1976. No fue muy larga su administración; pero nos dejó tres buenas obras realizadas: una valla firme que protege la parte más interesante del recinto y ejido de la ermita; una captación de agua dentro del mismo terreno, muy necesaria y bien conseguida; y por fin hace llegar la luz eléctrica al santuario.

D. José Guillen de Mera le sustituye en el cargo de mayordomo en el año 1980: dos décadas ha permanecido en el cargo, y su buen hacer en su cuidada y entusiasta administración ha contribuido en gran parte a la profunda y colosal reforma de todo el recinto del Santuario y su entorno, que se ha hecho bajo la acertada dirección del arquitecto D. José Benito Sierra Velázquez, también hijo de Don Benito y no menos entusiasta de nuestra Virgen de las Cruces. Arcos laterales, servicios y fuente de piedra labrada, saneamiento interior y exterior de la ermita; completado con plataforma de piedra blanca de Cáceres en todo su rededor; Reforma total del retablo, piso de mármol y techumbre nueva, y camarín renovado en su interior.

Fuera de la ermita, plataforma de entrada, en combinación cintas de piedra blanca con tacos de piedra de Quintana; y en el centro, brocal del pozo artístico y de una sola pieza, coronado con arco de hierro forjado a costumbre del lugar.

La Virgen de las Cruces tendrá sin duda un gesto de gracia, para aquellos que tan generosa y espléndida y graciosamente la han servido.

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